• Christel Drapier

Quien no ha hecho pan, no sabe lo que es la magia.

Nadie nace predestinado/a, a... ¿cómo de cooperante para el desarrollo me volví panadera casera ¡apasionada!?



Licenciada en Relaciones Internacionales y Maestra en Ayuda Humanitaria Internacional.


Durante varios años me dediqué a lo que me había capacitado y preparado. Tuve la oportunidad de viajar y trabajar en África de los Grandes Lagos, África del Oeste, y por supuesto América Latina. Pude acercarme a tantas realidades distintas y problemáticas diversas: desde la mutilación genital femenina en Malí hasta programas de reconciliación entre etnias en Ruanda, pasando por los mecanismos de cooperación y coordinación entre la justicia indígena y la justicia ordinaria en Ecuador. ¡Amé lo que hice! y lo recuerdo con mucha emoción y nostalgia. Cada experiencia más allá de lo laboral ha sido una lección de vida y de crecimiento personal. Estoy convencida que no fuera quien soy hoy, (panadera apasionada y quesera) sin este “pasado” que me enseñó tanto.


Cuando decidí ser madre, aun trabajando en temas de Derechos Humanos, sentí la necesidad a medio plazo de un cambio radical, un llamado a lo “esencial”, al campo, a una vida sana y “protegida”. Quito ya no respondía a lo que buscaba, tampoco no lo veía en mi país, Bélgica, y tampoco en la “inestabilidad” propia a mi carrera profesional. Es así que decidimos, junto a mi compañero, buscar un terreno en el campo. Esta búsqueda nos tomó unos años y este recorrido nos llevó a conocer a hermosas personas enrumbadas como Jenny e Ingo, una pareja ecuatoriana-alemana quien vivía a media hora de Mindo, metidos en el monte.


Compartimos unos días juntos, experiencias, charlas interesantes pero mi “iluminación” fue ¡el pan! Perdido en la nada, Jenny horneaba un pan exquisito. Hasta este momento, y a pesar de haber tenido un abuelo panadero, nunca había hecho pan. De hecho, nunca había hecho nada con mis manos, - no toco ningún instrumento, no pinto - ¡Me cuesta arreglar el botón de un pantalón!


Volví a casa e hice mi primer pan siguiendo los consejos de Jenny, este “primer” pan me cambio la vida. Era un pan sencillo, con levadura, linaza, harina blanca y un toque de integral y un corto tiempo de fermentación. A pesar de su sencillez, estoy muy agradecida con este pan… pues me introdujo al mundo del pan, del cual hasta ahora no he salido, ¡todo lo contrario!


Muy rápidamente, me puse a variar las formulas, las recetas, las técnicas (desde método directo a masa madre pasando por pre fermento de levadura), las harinas (siempre buscando las más sanas y artesanales). Y la investigación… la necesidad de entender el proceso de la panificación y su magia. ¡Existen una multitud! de foros y páginas en el mundo cibernético dedicados al auténtico pan, desde panaderos caseros a profesionales, así como libros más técnicos que poco a poco vinieron a encontrar su espacio en mi cocina…. Pasando las pruebas de los paladares de los amigos y familiares.


Volví al lugar de mi antiguo trabajo, las Naciones Unidas, pero esta vez no como colega, sino ¡con una canasta cargada de pan debajo del brazo! Mis panes también encontraron buena acogida en la feria de la Floresta en Quito al lado de un hortelano orgánico que admiro mucho, Francisco Gangotena, quien junto a su esposa Maritza, valoraron mis productos y me motivaron a vivir esta nueva experiencia de venta al público. Fue muy gratificante y me dio mucha confianza para seguir adelante y juntarme a otras ferias de la capital. Por supuesto, hubo malas noches, horneadas fallidas, panes mal leudados, desesperación e incomprensión. Pero mi pasión creciendo, mi terquedad y el apoyo de mi familia sostuvieron el camino.



Mi insaciable curiosidad y mi predisposición a la investigación, así como mi lado “académico” fueron aliados claves. Hacer pan casero puede ser muy sencillo, pero tomándolo a pecho se puede volver muy complejo, tal como un universo infinito por descubrir. Hacer pan es alquimia, es ciencia, es bacteria, es paciencia y sobre todo es VIDA.


El año anterior, tuve la gran dicha de pasar tres días con Marc Dewalque, compatriota y gran panadero, amante de la masa madre y de las harinas ancestrales y orgánicas, además de ser un gran investigador y escritor. La hora del “ojo del Maestro generoso” me había llegado, horas de conversaciones, de respuestas a mis dudas, el tiempo se hizo corto pero una vez más se reafirmaba mi camino.


Aún hay mucho por aprender, y ¡a buena hora! Pero lo que sé, lo comparto con la misma generosidad como me llegó a través de todas estas bellas personas, que sean los famosos maestros panaderos de los libros, de los encuentros, de lo aprendido y experimentado en la cocina. Los talleres tienen como vocación “contagiar la chispa panadera” del auténtico y sabroso pan, del arte de la panificación artesanal aplicado a la casa.


¡Que viva la chispa panadera!

Christel Drapier – Panadera casera apasionada.

Au Blé-Taller y Pan Artesanal

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